WORLD PRESS PHOTO 12

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Te adentras en la calle Tallers, desde la céntrica plaza de Universitat de Barcelona y callejeas un poco. Una pancarta del World Press Photo adorna la fachada del austero edificio del CCCB.

Tres euros son la condición sine qua non que debes aceptar si quieres acceder a la exposición.  Una sala con poca luz, cálida y a la vez fría, alargada pero concurrida, te recibe y acoge las fotografías galardonadas.

A lo lejos, al fondo de la habitación, se ve una imagen borrosa. Parece ser “Fátima al- Qaws abraza a su hijo Zayed”, obra mediática del fotoperiodista catalán Samuel Aranda. A sus alrededores, más fotografías, más tristeza, más desgracias, más sangre…

Este tipo de fotografía catastrofista puede producir reacciones diferentes, bien sea de rechazo, de compasión o de indignación. Imágenes tan dolorosas y perturbadoras causan un shock a quien las mire, y son por tanto muy difíciles de olvidar.

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Sin duda se podría culpar al ambiente de la sala de subrayar en exceso el sobrecogedor contenido de las fotografías, o debatir si es necesaria esta parafernalia ambiental para concienciar al espectador sobre los diferentes desastres en países como Egipto, Túnez, Palestina o Japón.

Mientras paseas por la  exposición intentando no perder detalle, surgen en tu mente varias ideas, entre ellas la noción de realidad o escenificación. ¿Hasta qué punto nos creemos lo que está pasando en esa foto de Brent Stirton, donde una mujer posa semidesnuda diciendo ser una prostituta? ¿Están “preparadas” de igual modo las imágenes de Pavel Prokopchik, donde aparece un grupo de gente en el momento que se lleva a cabo un ritual de limpieza mediante sangre de cordero? ¿Disminuye su valor como documento el hecho de que el fotógrafo haya elegido enfocar una cosa y no la otra como en el caso de Alejandro Kirchuk con su reportaje gráfico sobre la vida cotidiana?

Esta controversia no nos pilla por sorpresa.  Surgió ya anteriormente en los años treinta, con la foto del miliciano de Robert Capa. Desde entonces, este tipo de fotografías “trucadas”, han llegado a esgrimirse como pruebas históricas, aunque no representen una realidad en estado puro.

¿Va a llegar la fotografía de reportaje al límite de la ficción? Quizás los tres euros de entrada no han sido tanto un pase para ver una realidad actual galardonada, sino para interpretarla y ponerle nosotros los galardones correspondientes.

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