FRANCESCA WOODMAN, ESE ESPEJO CONVERGENTE

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Las precarias condiciones en que actualmente podemos abordar la obra de Francesca Woodman la relegan al ámbito de lo incierto. Su prematura muerte en 1981, a la edad de 23 años, junto con la falta de documentación y el celo con el que sus padres mantienen, aún hoy, la memoria de su hija al resguardo de curiosos, hacen de sus fotografías objeto de todo tipo de especulaciones e interpretaciones, tan personales y subjetivas como lo era la propia Francesca.

Por algo ha sido reivindicada como una de las artistas clave para comprender el proceso de exploración de la identidad y de la subjetividad en el arte contemporáneo.

Porque, como método de estudio y de expresión artística, Francesca se especializó en el género del autorretrato, que es por excelencia el medio de introspección, de auto-percepción y de exploración del propio yo; un vehículo para desvelar la experiencia vital y el estado emocional. A fin de cuentas, es la vida interior la que crea la necesidad artística. Ya lo decía su amiga Sloan Rankin: “Los días de Francesca estaban llenos de eventos que de una manera u otra siempre quedaban reflejados en sus imágenes. Arte y vida eran las dos caras de un espejo, y la transición de la vida al arte no tenía diferencia”. La propia artista convertida en obra de arte.

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Sin embargo, la elección del autorretrato no parece haber tenido mucha trascendencia; al contrario, fue una cuestión puramente práctica: cuando Sloan Rankin le preguntó por qué era tan a menudo el tema de sus fotografías, Francesca respondió: “Es una cuestión de conveniencia, yo siempre estoy disponible.” Puesto que para trabajar no necesitaba más que su propio cuerpo, puesto que la obra de arte se originaba en su interior, sin necesidad del mundo exterior para encontrar la inspiración, su autonomía era total. Bien lo podría haber dicho Hegel: Francesca “es en sí mismo un mundo objetivamente completo, por lo que puede buscar dentro de sí tanto el estímulo como el contenido; en ese caso, el hombre se convierte en sí mismo en una obra de arte”.

Precisamente es en la postmodernidad, época en que la artista desarrolló su obra, cuando triunfa el retrato como proyección de la  personalidad; pero de una “personalidad otra”. En esta nueva era el modelo del retrato es revitalizado, con las fotografías de Andy Warhol o Cindy Sherman en cabeza. Es entonces cuando el artista, que no se conforma con la imagen objetiva que le devuelve el espejo, en la inestabilidad de su propia identidad, y para hacer una interpretación subjetiva de ésta, recurre a la máscara como portadora de otro significado. De ese modo, en la asunción de múltiples identidades, enmascaradas y construidas mediante el disfraz, el artista logra la escenificación de un personaje, y es esa superficialidad lo que le protege y le oculta de la mirada del espectador.

Sin embargo, a diferencia de los fotógrafos coetáneos, en Francesca la autorreferencia no es superficial ni narcisista; no se recrea en la idealización de su propia belleza para dar una imagen de sí misma; incluso aunque aparezca desnuda en la mayoría de los autorretratos. Al contrario, Francesca escoge como tema su cuerpo desnudo para mostrarnos lo más profundo e interno de sí misma; su desnudamiento hace referencia al desnudamiento de sus obsesiones, a un deseo de permanencia más allá del cuerpo; siempre nos da la impresión de que querría desnudarse más aún. En ese sentido, parece que todas sus obras estén dominadas por la pregunta de si se puede fotografiar “lo que no existe”; lo efímero, lo inmaterial. Proyectando su cuerpo en forma de imagen sugiere lo invisible a través de lo visible, ese “algo más” que escapa a la superficie.

2 - Space 2, 1975

Y ¿dónde proyectar su cuerpo? En la superficie de un espejo. En la mayoría de sus obras, Francesca se sirvió de él para enfatizar la subjetividad de su fotografía, ya de por sí personal por el hecho de cultivar casi exclusivamente el autorretrato. Al utilizar el espejo, su imagen quedaba reflejada doblemente: en el cristal, pero también en el propio soporte fotográfico; porque incluso cuando no introduce el espejo, éste “está” indirectamente, ya que la fotografía suele definirse como el reflejo de una imagen.

Siguiendo los estudios psicoanalíticos de Jacques Lacan, discípulo de Sigmund Freud, la construcción de la identidad, es decir, de la subjetividad, se da a través de lo que él denomina “orden imaginario”; esta fase se produce en la primera etapa de vida, y en ella el bebé se reconoce a sí mismo por primera vez en la imagen de su madre, que es la única figura que ve, la única realidad que hasta entonces existe para él. Precisamente Lacan llama también a este orden el “estadio del espejo”, ya que éste facilita la construcción de la propia identidad a través de la identificación con el otro, que es su imagen reflejada en el espejo. Puesto que sujeto y objeto coinciden (yo), no existe la dualidad yo-lo otro: somos lo otro, lo que nos rodea. Y puesto que en este orden no existe ni espacio ni tiempo, nos movemos en coordenadas espacio-temporales indeterminadas, difusas. En la más absoluta universalidad.

Trasladando la idea desde la madre que ve el bebé al tema que nos ocupa, se podría decir que Francesca se enmarca en este orden imaginario: a través de la visión de su imagen vertida en el mundo, su propia realidad pasa de estar en un plano interno, subjetivo, a formar parte de una dimensión exterior; y esta “ficcionalización”, que le conduce a una experiencia de realidad, es lo que le ayuda finalmente a comprenderse mejor como persona y artista, y por tanto a construir su identidad.

3 - Self-Deceit, 1978

Pero esta proyección de su imagen no sólo la lleva a cabo en el espejo, sino también en la atmósfera y en el decorado que sirven como marco de sus fotografías. En ellas, el cuerpo se mimetiza con el escenario, se confunde con las sombras, se funde con el papel desprendido de la pared, se subordina al mobiliario, se disuelve en la luz; parece que quiera desaparecer entre las grietas de la pared o en el interior de una alacena. Francesca se autorretrata fundiéndose con su entorno porque no encuentra otro medio de reafirmarse y revelar su propio ser, porque “visible y móvil, mi cuerpo es numerable entre las cosas, es una de ellas, está cosido al tejido del mundo y su consistencia es la de una cosa. Pero cuando ve, cuando se mueve, cuando mantiene las cosas en un círculo a su alrededor, hace que las cosas se le adhieran o lo prolonguen, se incrusten en su carne, formen parte de su definición total; el mundo está hecho del mismo tejido que el cuerpo.”

Entonces, ¿ese ensimismamiento en sí misma ha concluido finalmente en la revelación de sí misma en el otro? ¿Es objetiva o subjetiva? ¿Es posible una dualidad absoluta? En la ausencia de anécdotas narrativas, esa atmósfera de intemporalidad, junto con la indeterminación de los cuerpos y objetos, y la desnudez de los escenarios y de su propio cuerpo, otorgan a sus fotografías una apariencia fantasmal y etérea que logra que el espectador se identifique con Francesca, igual que ella lo hizo con su entorno. Entonces, quizá, el autorretrato de Francesca logre, más allá de su propia introspección, el encuentro con nuestro propio reflejo, con nuestro propio autorretrato. Quizá, haya sido a través de la máxima subjetivación como Francesca haya alcanzado el extremo opuesto: una objetivación tal que permita la identificación de todos nosotros, el entrecruzamiento entre espectador y artista, la confusión y convergencia de miradas, a través de la metáfora del espejo.

One comment

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