CARNAVAL. CULTURA INMATERIAL

Siempre quise ser un conejo. Quizás sean sus grandes orejas, su naricita rosada, o el pelaje suave que lo viste; es difícil de determinar pues son muchas sus cualidades. Sin embargo he de puntualizar que es su representación la que llama mi atención; nunca quise despertar siendo un pobre conejo perseguido por un malvado zorro.

Son muchos los adeptos de estos peludos animalitos, y no tantos los de otros muchos animales como son el besugo, la almeja, la babosa o el oso hormiguero. La belleza es una opinión, no por extendida menos arbitraria -como diría Félix Azua.

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La sociedad descarta todo aquello que no se demanda; nos regimos por tendencias. Es difícil determinar si el hecho de que los creadores de símbolos se plieguen a lo que se demanda tiene lugar de manera inconsciente o responde a un cálculo planificado.

Si lo que se muestra y lo que se oculta es el resultado de la demanda de cada momento, no sería más que la consecuencia de una transacción: al público se le ofrece lo que pide. Sin embargo cuando se crea una concordancia entre la demanda y la creatividad, el criterio de dos campos con trayectorias e intereses bien distintos entre sí se ajustan de manera misteriosa. Un ajuste entre lo que la fiesta, el carnaval, dice ser y deja ver hacia el exterior, y lo que se demanda de ella por parte de los nuevos consumidores de experiencias culturales. La fiesta tradicional y la sociedad de consumo se ajustan de manera armónica. Este hecho supone el último estadio en la evolución de un fenómeno que sigue encontrando caminos para sobrevivir, usando a su favor -como diría Michel de Certeau- las condiciones impuestas desde el exterior.

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Es la voz clara que se alza sobre el ruido, sobre la sociedad multicultural ahogada por mediaciones cada vez menos localizables y más globales. La evolución de los estilos de vida actuales y de los valores contemporáneos requiere recuperar las señas de identidad diferenciales en un mundo cada vez más presionado por la homogenización.

Por otro lado, los nuevos dispositivos de captura de imágenes han agrietado la tensión que producía la espera del momento festivo, que en ocasiones se acumulaba durante todo el año y que es un ingrediente fundamental de todo ritual. La fiesta no existía más allá de su celebración, no tenía más existencia que la que le confería el recuerdo colectivo y la esperanza de volver a vivirla en el futuro. Una vez la fiesta ha sido registrada, es posible volver a visualizarla en cualquier momento durante un número ilimitado de veces.

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La difusión mediática de este tipo de festejos ha producido una tendencia hacia la unificación de los formatos festivos, en la medida en la que éstos se relacionan. El sistema de consumo convierte las fiestas en meros objetos: “La fiesta es patrimonio cultural de todos y debe ser difundida y conocida por todos”. Bajo este criterio legitimador surge toda una logística que no es diferente de la propia del consumo. Nuestro tiempo transforma la sociedad en ‘público’, una palabra clave que sustituye a ‘pueblo’.

Afortunadamente, no todos participan de este proceso. Todavía existen individuos y colectivos que no quieren ni necesitan servirse de la popularidad para llevar a cabo celebraciones que les permitan transformar su capital simbólico-ritual en capital económico.

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