EL TRABAJO ES LA DICTADURA

El trabajo es la dictadura. El trabajo es la dictadura. El trabajo es la dictadura…

Con esta frase, 30 desempleados llenaron a mano mil cuadernos que luego fueron vendidos como libros de artista. La performance corresponde a Santiago Sierra, que contrató a estas personas pagándoles el salario mínimo interprofesional, para que escribieran sin parar “El trabajo es la dictadura” del 22 al 25 de enero, en el espacio de Ivorypress en Madrid. El horario que tenían era de 10:00 a 14:00 y de 16:30 a 20:00 h.

Posteriormente los libros se vendían a 24 euros. Este era el coste del proceso completo de producción del libro, sin ninguna cantidad añadida, es decir, no había ganancias.

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¿Se imaginan escribir 8 horas al día una misma frase, como un castigo? ¿Qué monótono, verdad? Debe doler la mano, la muñeca, los dedos… y la mente. Sin embargo, seguramente a diario nos sentimos amarrados a la monotonía en nuestras vidas, de una u otra forma. Solo que en el caso de la performance de Santiago Sierra la monotonía se hace evidente, e incluso duele.  Por algo uno de los participantes llegó a decir que “la acción es más interesante para los que la realizamos que para el que la ve”.

Todas las vanguardias revolucionarias del siglo XX tratan de exaltar la vida frente al aburrimiento y la monotonía: El dadaísmo, el surrealismo, el letrismo…

Marinetti, mito del futurismo, ya predijo que llegaría un momento en que la vida dejaría de ser una encrucijada entre el pan y el trabajo y se convertiría en una obra de arte en sí misma. El anarquista Bob Black, en su libro de 1985 “La abolición del trabajo” decía prácticamente lo mismo: “Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar. Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas. Significa crear una nueva forma de vivir basada en el juego; en otras palabras, una convivencia lúdica, comensalismo, o tal vez incluso arte”.

A día de hoy creo que los que están más cerca de esta forma de vida son los protagonistas de Gran Hermano y otros programas de telerrealidad.

El italiano también fantaseaba con una utopía tecnológica en la que el hombre, rodeado de concreto y plantas eléctricas, podría dedicarse a perfeccionar su vida.

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Perfeccionar su vida. Si nos librásemos de la dictadura del trabajo… ¿podría el ser humano alcanzar cotas inimaginables de libertad a través de la cual perfeccionar su vida y su espíritu? Quizá el experimento de Gran Hermano nos sirva también de ejemplo. Liberar a un grupo de personas de la carga del trabajo y ver qué ocurre. Desalentador, sí. En este caso concreto, mejor ponerles a trabajar.

El trabajo es la dictadura.

Que nadie venga a hablarme del trabajo, del valor moral del trabajo”, decía Breton a sus seguidores. Y sentenciaba con que “De nada sirve estar vivo mientras se está trabajando”.

Qué triste época esta, en la que los valedores de estas teorías contra el trabajo son las carmenes lomanas o los concursantes de programas de telerrealidad. ¿Pero acaso Breton era un héroe en su tiempo? Seguramente Kubala, Puskas, Gento o cualquiera que coincidiera con él en el tiempo y supiera darle a un balón tendría más admiradores a su alrededor que el genio francés. Entonces, ¿qué es primero? ¿Abolir el trabajo o educar a la sociedad para cuando consigamos abolir el trabajo?

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¡Ay, si pudiéramos dinamitar esta sociedad del espectáculo…!

Necesitamos un Thoreau, pero incluso Thoreau en su época era considerado un loco. Alguien que no sea un activista, sino un asceta. Alguien que, aun manteniéndose al margen del sistema como se mantuvo Thoreau, con sus actos sirva de ejemplo y su lengua sea pedagogía. No como líder, sino como refuerzo.

Santiago Sierra, pese a rechazar premios, no está al margen del sistema; está dentro de él. Más que un verso suelto, es un elemento de consolidación de ese sistema. Y él lo sabe. Por eso rechaza premios.

Para los surrealistas, profesionalizar el arte era convertirlo en un oficio burgués, desactivando así su fuerza revolucionaria y sus posibilidades de propiciar cambios efectivos en la sociedad. Despreciaban los oficios burgueses, al igual que los dadaístas de Berlín, que en 1919 habían exigido la mecanización de todos los procesos laborales y el despido inmediato de todos los trabajadores.

Porque el trabajo es la dictadura; nos aliena y mantiene ocupada nuestra conciencia. El ser una pieza más en una cadena de montaje mantiene adormilado nuestro individualismo. Incluso en las dictaduras comunistas (pensemos en China o Corea del Norte), cada individuo tiene la convicción de ser una pieza más de un engranaje mayor que sirve a un fin último relacionado con el bien común. El sujeto queda  relegado a un segundo plano y se penaliza el hecho de salirse de la fila. En el capitalismo el individualismo se premia, al menos en teoría. Aquel que con su trabajo consigue éxitos individuales, puede amasar fortuna y subir en el escalafón, pero tardamos mucho tiempo en darnos cuenta que los límites entre uno y otro escalón de la pirámide social no son tan traspasables como parecen, y que esa meritocracia en la que se supone que vivimos, es una ilusión que nos mantiene ocupados durante toda la vida en aspirar a algo que nunca conseguiremos.

Quizá eso fue lo que llevó a levantarse a los jóvenes de mayo del 68 en París (pronosticado, por cierto, por los letristas e influenciado por los situacionistas). Uno de sus lemas era “Merde au Bonheur”, algo así como “Mierda al Bienestar” o “A la mierda el Bienestar”. Esta frase simbolizaba el rechazo a la vida que esos jóvenes entendían que les esperaba, a ese futuro que había sido “preparado” para ellos: una pareja, un trabajo con el cual conseguir dinero para comprar una casa, un coche, formar una familia, comprar un perro e ir de vacaciones a la playa en verano. Eso era el Bienestar que se les ofrecía. Muchos lo aceptaron; los que no, salieron a la calle. Y lo demás es Historia, como se suele decir.

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En España, al principio de las movilizaciones que estamos viviendo actualmente, se respiraba ese mismo ambiente a mayo del 68. Los lemas, las sensaciones… Había un rechazo también a ese futuro que se supone que estaba preparado para nosotros. Pero ha habido una diferencia: conforme las movilizaciones han ido avanzando, han ido diluyéndose las posibilidades de aspirar a algo. Ya no podemos pensar siquiera en un futuro no deseado, porque no hay futuro que desear. Esto hace que la protesta pierda sus objetivos, o que los objetivos sean demasiado utópicos como para ser apoyados por una mayoría suficiente de la sociedad, mientras otro sector amplio critica la protesta precisamente por demasiado idealista.

En mayo del 68, el Bienestar era considerado como algo negativo. Recuerdo que aquí, al principio también. Ahora, tras tres años de recortes, hemos pasado de criticar ese bienestar edulcorado, a pedir a gritos que nos lo devuelvan. Cada vez deseamos menos cambiar el sistema y más tener de nuevo la posibilidad de conseguir una casa, un trabajo, y unas vacaciones en la playa cada verano.

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El trabajo es la dictadura.

¿Es más libre entonces el que no tiene casa, curro, o pensión? Seguramente no, si a eso le añadimos que además no tiene sanidad, ni acceso a la educación o a la justicia. Seguramente a pesar de todo, es más libre el que sabe usar su libertad, tenga o no tenga casa, curro, pensión, sanidad, educación o justicia. Es menos libre el que no tiene conciencia (y todo lo anterior nos ayuda a formarla). Y si no tenemos conciencia, esta revuelta (si se puede llamar así) es fácil de solucionar para el poder. Una vez que la protesta ha sido desactivada, una vez que hemos pasado de criticar el sistema a pedir que nos lo devuelvan tal como estaba antes, solo tienen que ir devolviéndonoslo a cuentagotas. Quizá incluso no tengan que devolvérnoslo entero. Así, cuando nos los hayan quitado todo, basta con que nos devuelvan condescendientemente una cuarta parte, para que una amplia mayoría se de por satisfecha, y poco a poco nos olvidemos de que una vez quisimos cambiar el sistema y ser libres.

El trabajo es la dictadura.

Y sin embargo pedimos trabajar.

4 comments

  1. pedro

    Acojona el simplismo del artículo. Cada argumento desmiente al anterior. Al final lo importante era la revolución, ¿ para qué ?, para no tener que pasear al perrito …

    El trabajo NO es la dictadura, sino el pan y la sal de la vida. El juego de la vida en el que participamos ciegos, sordos, impotentes, paralíticos, bajos, altos, jorobados, mancos de una o dos manos, cojos de uno dos ojos … osea todos nosotros.

    El trabajo cuesta trabajo, obviamente, pero sin él no tendrás: casa, comida, objetos varios de mayor o menor pijo-arraigo … salvo que otro lo haga por ti. Y esta es la majadería del artículo. El que lo escribe presupone que la gente “que asumió el fracaso del 68”, seguirá trabajando, ¡¡¡ pringaos !!!, y pagando su cobardía e ignorancia, mientras que él vivirá en un mundo en el que nadie trabaje pero todo el mundo sea feliz y las manzanas caigan directas a su plato desde un arbol que NADIE plantó, que NADIE regó ni cuidó y que NADIE recolectó … y que si son insuficientes, a tenor de los comensales congregados, sólo habrán de reproducirse por si mismas, in situ, y en el estricto tiempo de SU necesidad. Bueno, si la cosa falla, aún tendremos a los del 68 pa´ currar, que se lo ganaron a pulso por cagones y rompeutopías.

    Con tontunas de estas vas a arreglar lo que yo te diga, majo

    ¿ El trabajo es la dictadura ? NO. La vagancia individual es la dictadura para los demás, en el estado del Bienestar , y el final, de cualquier persona que aspire a ser LIBRE.

    • pedro

      Me voy a contestar a mi mismo, después de LEER ¡¡¡ bien !!!, el artículo anterior. Siempre es bueno leer bien las cosas antes de empezar a soltar improperios…

      Mis disculpas al escritor del artículo por mi comentario excesivo y al público en general.

  2. Manol0

    La solucion no es abolir el trabajo.. sino hacer que este no ocupe la mayor parte de tu vida.
    Reducir las jornadas laborales a 4 horas como mucho, por poner un ejemplo.
    Por que si NADIE trabaja, como dice el de arriba.. ¿Quien coño haria cosas que usamos en nuestro quehacer diario? La única alternativa viable sería no tener NADA (ni siquiera atuendos) y volver al salvajismo cavernícola, vivir como esos que pintaban pinturas rupestres y se tapaban con pieles de bichos.
    Bichos que por cierto… alguien tendria que cazar xD

  3. Alberto

    Considerar que la alternativa al trabajo es “la vagancia individual”, “no hacer NADA” o “el salvajismo cavernícola” me parece muy extremo, y no planteo tal extremismo en el artículo.
    Hay demasiados puntos intermedios que vosotros mismos apuntáis, y que sería interesante explorar desde la autogestión y las actividades colaborativas.
    Me parece que sacáis lecturas simples. Gracias al comentario 1 por releer el artículo y rectificar.
    Repito la frase de Bob Black: “Para dejar de sufrir tenemos que dejar de trabajar. Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas.”
    Sería conveniente pararse a pensar cuál es la definición de “trabajar” para estas personas que pedían la abolición del trabajo y cuál es vuestra definición de “trabajar”.
    No se trata de abolir toda actividad, sino aquella actividad alienante para el ser humano. Para vosotros, entiendo que toda actividad es trabajo. No lo entiendo así.
    Los hombres prehistóricos cuando cazaban “bichos” estaban trabajando? No sabía.
    Gracias en cualquier caso por comentar y aportar algo al debate.
    Un saludo

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