UN HOMBRE VERTICAL SOBRE UNA SUPERFICIE HORIZONTAL

Bajo sus pies, la opacidad terrenal; sobre sus pensamientos, la transparencia aérea. Oprimido por la fuerza de la gravedad, camina agarrado al suelo.

Una mañana, caminando, decide ir a tocar el horizonte. Bien sabe y ha visto que desde allí le resultará más fácil llegar al sol a ciertas horas del día. El hombre, como ser vertical, aspira a ascender, desea elevarse por las escalinatas de Babel y conquistar el saber absoluto. Pero, desde la altura, el abismo le atrae, y no puede sino alejarse del borde espantado; un inmenso deseo de caer crece frente a la profundidad abierta ante él. Tiene vértigo. Anclado a la tierra, pronto descubre que el horizonte no es algo que se pueda tocar, desciende y prosigue su peregrinación horizontal.

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En su caminar, las cadenas le oprimen. En la duermevela, al elevarse en sueños y perder los cabos, siente que eso que antes le oprimía, en realidad, era aquello que le mantenía sujeto y firme al suelo que ahora desearía seguir pisando. Y tiene miedo a caer.  Despierta y sigue caminando maldiciendo su miedo a volar.

Así pasa noche y día, soñando y despertando, subiendo y bajando, mientras el futuro tira de él. Desde que tiene conciencia de la muerte, las noches y los días son cada vez más cortos y se le agotan las ideas para soltar las amarras del puerto de la tierra y desprenderse de la solidez del suelo. Aún no sabe cómo hacerlo y cada día es más viejo.

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De pronto, se topa con Frida. Le cuenta que no le gustan las catedrales góticas. Demasiado verticales, excesiva altura en comparación con su achura, dimensiones exageradas, le dice mientras ella escucha. Él la envidia porque todos saben que tiene alas para volar. No entiende de dónde las sacó, y le da vergüenza preguntar. Recuerda el día en que intentó tocar el horizonte y se siente insignificante a su lado, amarrado al suelo y privado del cielo. Ella, grande y triste, le cuenta que Anteo fue derrotado por Hércules cuando este lo elevó por encima de sus hombros suspendido en el aire, alejándolo de la tierra y del mar. Ni Gea ni Poseidón pudieron hacer nada para salvar a su protector. Varado en la nada, murió.

El hombrecillo vertical que camina sobre su plano horizontal confiesa que aún no ha desvelado el secreto de la superación de su miedo a elevarse y quedar varado en el espacio. Trágico destino, dice al pensar en Anteo, el de no llegar hasta arriba y quedar atrapado a medio camino. Haber subido erróneamente.

frida y chavela vargas 1

El mapa de los caminos que buscas no se hace al andar ciudades – le dice ella -. La línea fronteriza que pretendes traspasar no es la del horizonte. El alto al que aspiras se encuentra más allá de la bóveda celeste. Gira los globos de tus ojos y verás allende los límites de las dos regiones a las que te crees encadenado en tu vida.

El hombre se mira. Ve una línea por la que salen cuatro ramas, ve un traje y piel envejecida. Vuelve a mirar. Ve la que es su jaula, la que guarda sus huesos y su carne, la que lleva su ropa y su abrigo. Bajo sus pies, la opacidad terrenal; sobre sus pensamientos, la transparencia aérea. Siente cómo le oprime la gravedad. Siente vértigo. Gira la vista buscando una vez más el horizonte y fija allí su mirada para no marearse y caer.

No estás mirando bien, le dice ella, riendo. Toman tequila y duermen la siesta.

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