EL FRISO DE BEETHOVEN, O CÓMO CONVERTIR LA MÚSICA EN ORO

Para mí, el mejor ejemplo de esa expresión que es la de la “obra de arte total”, es el Friso de Beethoven de Gustav Klimt.

Recordemos. Gesamtkunstwerk, u “obra de arte total”, es el término que el compositor Richard Wagner creó a mediados del siglo XIX para referirse a la capacidad de la ópera para integrar música, poesía y artes plásticas y escénicas en una sola manifestación artística. Fue tal el acierto del término que trascendió su época, de manera que hoy seguimos utilizándolo, y lo aplicamos a toda obra de arte que integre y sintetice varias disciplinas.

Es el caso del Friso de Beethoven, un enorme mural que el pintor austriaco Gustav Klimt pintó en 1902, en el marco de la XIV Exposición de la Secesión de Viena. En esta edición, los integrantes de la Secesión -que habían fundado en 1897 un grupo escindido de la Sociedad de la Casa de los Artistas rebelándose contra las normas académicas y tradicionales- homenajeaban a Beethoven, al que consagraban enteramente la exposición, señalándole así como genio iluminador e inspirador del nuevo arte que este grupo proclamaba: un arte triunfante y liberador, arrollador, signo de nuevos tiempos que dejaran atrás el pesimismo y el malestar de la Viena decadente. En torno a la escultura monumental que Max Klinger consagró a Beethoven, se dispusieron mosaicos, elementos decorativos y pinturas, todo ello en la gran sala central del pabellón de la Secesión – ese edificio diseñado por otro de los miembros del grupo, Josef Hoffmann, construido con formas cúbicas de un blanco purísimo, que anuncian ya la abstracción y la arquitectura racionalista; aunque quizá lo más recordado sea la cúpula de hojas doradas que corona la entrada, conocida popularmente en Viena como el “Repollo de Oro”.

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Por encima de todas las pinturas de la exposición destaca el gran friso de Klimt. Inspirado en la IX Sinfonía de Beethoven, y en la Oda a la alegría de Friedrich Schiller -poema en el que Beethoven se basó para componer el cuarto movimiento de la pieza-, este mural se ha convertido en el manifiesto triunfal de la Secesión, ya que condensa toda una simbología que alude a los distintos aspectos de su credo ideológico. Entre ellos, el de la obra de arte total. Igual que Wagner hiciera poco tiempo antes, Klimt integró pintura, música y poesía para crear una obra envolvente, totalizadora y universal. Suspendida a dos metros del suelo, está compuesta por siete largos paneles que recorren tres de las paredes de la sala, y realizada con la técnica de caseína sobre yeso, con aplicaciones de oro y piedras semipreciosas.

Como decimos, está inspirado en la IX Sinfonía de Beethoven –en el arreglo realizado para la ocasión por Gustav Mahler, que un grupo de instrumentistas interpretó en la inauguración de la exposición- ya que reproduce sus temas y sus ritmos. Se organiza a través de una estructura de confrontación, que sigue la lógica hegeliana de tesis- antítesis, pero también la alternancia de movimientos contrapuestos de las sinfonías, aludiendo a la repetición continuada que caracteriza el ir y venir de las alegrías y desdichas que desde el principio de los tiempos ha sufrido el hombre.

Frente a la entrada, la primera pared se corresponde con el primer movimiento de la sinfonía, y presenta a unas figuras femeninas ondeantes y fluyentes, suspendidas en posición horizontal, que simbolizan el anhelo de felicidad de la humanidad. El anhelo, ahora convertido en súplica, está representado en Los sufrimientos de la débil humanidad, las tres figuras que solicitan su protección al caballero, elemento vertical que interrumpe el ritmo y que encarna la idea de El fuerte bien armado. Éste es cobijado a su vez por dos figuras, las de la compasión y la ambición, como fuerzas interiores que le ayudarán a conseguir su objetivo, y por la victoria, que corona el esfuerzo del caballero con el triunfo.

El anhelo de felicidad satisfecho en poesía

El anhelo de felicidad sigue planeando, y más allá irrumpe la segunda pared, que corresponde al segundo y tercer movimiento, y que presenta las Fuerzas del mal, a las que se opone el deseo de felicidad en una lucha creciente, reconocible en Beethoven por el ritmo e intensidad ascendentes de la música. La figura central de estas fuerzas enemigas se concentra en la imagen de Tifeo, el gigante al que Zeus se enfrentó para imponer el orden en el Olimpo, caracterizado aquí con rasgos de simio, y acompañado de sus tres hijas, las Gorgonas, mujeres de mirada paralizante y cabellos oscuros entre los que se entrelazan serpientes doradas. Tras ellas, otras tres mujeres, que personifican los males de la humanidad (la enfermedad, la locura y la muerte), contrapuestos a otras tantas (que simbolizan la corrupción, la promiscuidad y el exceso), situadas al otro lado de Tifeo. Ante las fuerzas enemigas, los espíritus débiles sucumben a la melancolía y el ensimismamiento, incapaces de superarse, y caen en la pena más profunda, como en el caso de la mujer que protagoniza el panel derecho de esta segunda pared, y que corresponde al tercer movimiento de la sinfonía, de ritmo mucho más melancólico y desapasionado que el segundo.

Las fuerzas del mal

Finalmente, después de tanta tristeza y fatiga, el anhelo de felicidad resurge en el cuarto movimiento (la tercera pared), esta vez satisfecho en poesía: las figuras de ritmo flotante se encuentran ahora con una mujer, la música, que empuña su lira como antes lo hizo el caballero con su espada, para continuar la lucha de la humanidad por alcanzar la felicidad, una lucha en la que la fuerza bruta debe complementarse con la dulzura de la música. Las cinco mujeres dispuestas unas encima de otras representan las cinco artes, y preceden al grupo coral de ángeles, que con su canto envuelven a la pareja de enamorados, cuyo beso del mundo entero expresa con un estallido triunfante la felicidad por fin alcanzada. Con una euforia tan brillante y vibrante, tan dorada, que no podría decirse quién la consiguió con mayor perfección, si Schiller, Beethoven, o Klimt.

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