DE LA CULTURA DE GUERRILLA A LA CIUDADANÍA GUERRILLERA

A propósito de la proliferación de espacios independientes y autogestionados en nuestro país, uno piensa si esto es una consecuencia de la situación actual de crisis o es, por el contrario, algo esperado e irremediable, independientemente de las penurias económicas de nuestro país. Inmediatamente después, sin tiempo para responderse, uno se vuelve a preguntar si es esto positivo, es decir, si ha tenido la crisis su parte buena, o si, por otra parte, todo esto no es más que un ciclo que hay que pasar de manera natural.

Personalmente pienso que negativo o positivo, a consecuencia de la crisis, o de manera natural, no estamos más que transitando por el ciclo lógico de los acontecimientos. Porque toda la situación que vivimos no viene solo de lo económico, de la bajeza moral de nuestros gobernantes, o de que la hayamos descubierto al fin, viene de algo mayor, que tiene que ver con el despertar de una conciencia colectiva –proceso que viene fraguándose desde antes del inicio de la crisis-, y que habría tenido de todas formas una repercusión determinante en la manera de entender la cultura en relación al individuo y, por tanto, en la sociedad misma.

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Ahora bien, la traducción de esto en la cultura, que es el aumento de iniciativas de carácter ciudadano, vecinal, comunitario y autogestionado, ha ido un paso más allá, esta vez sí, a consecuencia de la crisis. La cultura, además de comunitaria y autogestionada, ha pasado a articularse en movimientos de guerrillas. Es más, no solo la cultura, otros sectores, formados por ciudadanos provenientes de profesiones relacionadas con lo social como sanitarios, profesores,  afectados por los abusos del sistema (hipotecas), etc., han pasado a organizarse, de una manera tan potente como inesperada e incontrolable. Estos movimientos, han conseguido ya algo muy positivo: han actuado al fin como servidores públicos, han comprendido su utilidad y el sentido de su trabajo de cara a la sociedad, y han plantado cara al Gobierno, que pretende despojar de su identidad de servicio público y universal a conceptos antiguamente sagrados como la sanidad, la educación, la cultura o la justicia. Una vez hecho esto, serán susceptibles de ser troceados y arrojados a la arena del ruedo empresarial, donde se verán sujetos a propósitos ajenos como rentabilidad o negocio.

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Por eso es tan importante que hayan surgido estos movimientos y hayan sido capaces de plantar cara e iniciar este proceso de empoderamiento.

Es este proceso el que nos hace conscientes del verdadero significado de la palabra “ciudadano”. Porque el ciudadano tiene derechos inalienables, recogidos en la ley. Aporta una cantidad de su esfuerzo al Estado, para que el Estado a su vez le proporcione unos servicios y unos derechos. En el momento en que el Estado deja de ser responsable de proporcionar esos servicios y derechos en las mejores condiciones, pasa a ser un elemento prescindible, y capacita al ciudadano a poner fin a su aportación, ya que su relación con el Estado no le beneficia. Aquel que no tiene derechos, no es ciudadano, sino súbdito, o más aún, esclavo, y como tal, al perder sus derechos legítimos correspondientes, adquiere uno nuevo e igualmente legítimo: el derecho a la desobediencia civil.

Todo esto es la base de la cultura que viene, o más bien, que ya está aquí. Porque la cultura, entendida como el modo que tiene una sociedad para explicarse a sí misma, siempre ha sido inicio y fin de todo movimiento social y/o revolución.

Decía José Luis Brea en ”El Tercer Umbral” que “las coaliciones de los movimientos sociales, las luchas micropolíticas, las células de oposición emergidas de la sociedad civil y las tácticas de insumisión, acción directa y desobediencia civil pacífica, articulan momentos de encuentro, ensamblamientos provisorios y nunca estructuras estables, fijadas“.

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Esos encuentros, esos ensamblamientos provisorios que tal como vienen desaparecen, que aparecen, actúan y se diluyen sin vocación de permanencia, por su conciencia de iniciativa puntual y de guerrilla, empiezan a ser la tónica general, y crearán sinergias y modos de actuación y comportamiento que cambiarán el concepto de lo público, de lo democrático, de lo social y de lo cultural. Se consigan o no objetivos políticos –entendiendo en este caso lo “político” por lo relativo a la clase política y la legislación-, ya se ha ganado y se ha acelerado un cambio iniciado tiempo atrás.

Un sistema político obsoleto, no puede parar algo que escapa al control de las leyes y fluye entre las conciencias y las mentes de la ciudadanía, cambiando su modo de verse y de pensarse como sociedad y como individuos miembros de un amplio entramado comunitario y solidario cuyas redes avanzan esquivando y sobrepasando lo económico o lo burocrático e incluso lo legal.

El poder político tiene modos de desactivar la protesta, pero el cambio social tiene vocación de permanencia, porque no es tangible o material, sino de mentalidad.

Para terminar podemos enlazar una vez más con la verborrea poética de José Luis Brea cuando dice que “se trata más bien de producir situaciones y momentos de comunicación específica que permitan un volcado recíproco de intensidades, un flujo transversalizado entre unidades capilares capaz de abrir tácticamente prácticas y direcciones de fuga, momentos y tensiones de éxodo, de emboscadura y alejamiento, líneas de diseminación y rizoma”.

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El Estado puede permanecer aún, sostenido interesadamente por otros poderes ajenos a la democracia, pero todo esto ha penetrado ya en sus cimientos de una manera que puede ser irreversible si sabemos controlarlo y dirigirlo. Ahí está la clave, y una vez más, la cultura tiene que jugar un papel determinante.

A través de la cultura, debemos crear una nueva política, vigilando, al mismo tiempo, que el poder dominante no se apropie de este movimiento creado desde las bases ciudadanas, fagocitándolo y entregándonos un sucedáneo engañoso y desactivado que no es al fin y al cabo mas que un mecanismo de autoprotección de esta sociedad del espectáculo que hay que dinamitar de fuera adentro y de abajo arriba.

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