LA POSE

En la conducta de la vida cotidiana pública de cualquier individuo social, existe una pose; una manera de actuar ligeramente premeditada y diferente a la de la vida privada al amparo de la intimidad. Una no camina igual cuando sabe que alguien la está mirando. El gesto más cotidiano, la palabra más coloquial, cambian de significado en el momento en el que un público mira expectante.

Incluso la espontaneidad de la performance y el happening, por mucho que a menudo no tengan un script previo ni un diseño acotado, sí tiene un contrato que cumplir, la promesa de hacer algo que se debe mantener. El desarrollo de este contrato y la promesa de que algo va a suceder, o no, dependen de la reacción-pasividad del público asistente. El artista es responsable de encarnarse como idea y debe llegar hasta el final.

El concepto de performance es algo que a mucha gente le irrita los oídos. Los campos de la creación irrumpen en la esfera social cuando salen de las galerías y los depósitos de arte llamados “museos”, y eso molesta.

Al  trabajo de Marina Abramovic, a su carrera como performer, se le acusa de ser teatral. El documental “The artist is present”, que narra el desarrollo de la performance homónima y la retrospectiva que la acogió, hace las veces de una ventana desde la que, en la oscuridad de la noche, alcanzamos a ver el interior de la casa encendida que se ha dejado las cortinas descorridas. Lo vemos todo: la escenificación de su vida privada llevada a las vitrinas del museo.

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Tachada de una excesiva puesta en escena y de exhibicionismo en su vida privada, se pone en duda la calidad y veracidad de su carrera artística, a pesar de que ella subraye el carácter verdadero y real de la inmediatez de sus obras, en las que la sangre es sangre y el dolor duele.

Si asumimos los guiones que interpretamos en nuestro día a día, los roles que jugamos y el papel que el entorno tiene preparado para nosotros como panaderos, oficinistas, camareros, maestros… podremos entonces hablar de teatralidad y originalidad en la vida. Madres que saludan a sus niños en el autobús del cole, comidas familiares, bodorrios, novios que regalan flores, novias que lloran… todo es teatro, una pose conveniente para una “correcta” y cómoda convivencia.

Por otra parte, la próxima inauguración del MAI en 2014, incita a la sospecha del carácter publicitario de la retrospectiva del MOMA y del éxito de su documental como vestigio. La circulación en las redes sociales del encuentro con Ulay, reducido a puro sensacionalismo amarillista sacado de contexto – haya sido ésta su intención o no – ha hecho que su nombre llegue a darse eco entre un público totalmente ajeno al arte contemporáneo.

Toda su vida es un show, y así lo ha querido ella. Se autodenomina “la abuela de la performance”. Una abuela un tanto peculiar llena de botox y cada año más joven.

Son muchas las bazas que juegan en contra de la veracidad de su figura como artista. Se ha trabajado a conciencia su consagración como performer en la historia del arte y afirmar o negar que deba inmortalizarse como artista reconocida es trabajo de historiadores y críticos del arte, un bucle de teorías y egos galopantes en el que prefiero no entrar.

Duchamp convirtió su vida en su mayor obra de arte; la doble puerta de su estudio es de sobra conocida y evidencia la imposibilidad de separación entre arte y vida. Su vida, la de Marina, su trabajo y su consecuente exhibicionismo, son una pose; la pose de la performer contemporánea condensada en su último documental. Pero, ¿qué hay de la pose del ciudadano de a pie? Parece que a nadie le importe. La falsedad está enquistada y normalizada.

3 - Duchamp Puerta 11 rue Larrey 1927

Me gusta definir el arte como un modo de hacer el mundo más soportable, la vastedad sólo superable por la belleza de las cosas. Subversivo o no, art should be disturbing. Si choca, si molesta, si revuelve los recuerdos, significa que algo está pasando. Fernando Zóbel (Manila, 1924) ofrecía sus pinturas como obras abiertas, otorgando al espectador la tarea de completarlas mediante sus recuerdos. La pintura, hasta entonces subjetivizada por el pintor, estaba ahora dirigida por el espectador. Los que se sentaron frente a Abramovic en el atrio del MOMA, más allá del rostro de una mujer tal vez admirada, tal vez conocida, o acaso extraña para el que desconoce el circuito del arte contemporáneo, encontraron la belleza en su presencia y hallaron el recoveco en el que guardarse y sentirse presentes: se miraban a ellos mismos.

4 - Marina Abramović, Rhythm 0 (1974)

Hay quien dice que su mirada era provocadora, pretenciosa, que buscaba el llanto y la inquietud del espectador. Una acusación un tanto retorcida que le atribuiría el mérito de ser capaz de pretender nada, llevando más de doscientas horas sentada, inerte como una montaña.

Yo me quedo con su sentencia: Art should be disturbing. Debe molestar, ya que parece que la insoportable pose humana ha dejado de importarnos. Excepto cuando se trata de un personaje público.

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Imágenes

 Cabecera – Marina Abramovic, Lips of Thomas, 1975

 (2) – Marina Abramovic, The artist is present , 2012

 (3) – Marcel Duchamp, Puerta 11 Rue Larrey, 1927

 (4) – Marina Abramović, Rhythm 0, 1974

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